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7. Cinco empresas. Cinco lecciones.

  • Foto del escritor: enekonicolas28
    enekonicolas28
  • 21 jul
  • 4 min de lectura

No creo que una persona aprenda únicamente cuando las cosas salen bien.

De hecho, mis mayores aprendizajes siempre han llegado trabajando junto a otras personas.

Cada empresa en la que he participado me ha enseñado algo distinto.

Y todas ellas han terminado construyendo la forma en la que hoy entiendo el liderazgo, los equipos y las organizaciones.


La primera empresa me enseñó que el verdadero problema nunca era la obra.

Tenía diecisiete años y llevaba ya varios trabajando en una empresa familiar dedicada a las reformas.

Recuerdo perfectamente una escena que se repetía constantemente.

Cuando el jefe aparecía por la obra, todos empezaban a trabajar más deprisa.

No porque estuvieran más motivados.

Sino porque estaban siendo observados.

Aquello me hizo pensar.

¿Por qué una persona trabaja de una forma cuando el jefe está delante y de otra cuando no está?

Con el tiempo comprendí que el problema no era la productividad.

Era la relación.

Muchos trabajadores sentían que únicamente eran mano de obra.

Y el empresario, en muchas ocasiones, veía a los trabajadores únicamente como un coste necesario para sacar adelante la empresa.

Había dos mundos completamente separados.

Yo me encontraba justo en medio.

Era familia del empresario.

Pero también era compañero de quienes trabajaban cada día conmigo.

Escuchaba las críticas de unos.

Intentaba explicar las razones de otros.

Y, muchas veces, descubrí que ambos tenían parte de razón.

Sin darme cuenta empecé a hacer algo que sigo haciendo hoy.

Construir puentes.

Conseguimos crear un grupo unido.

Nos ayudábamos.

Nos reíamos.

Trabajábamos mejor.

Veinte años después seguimos reuniéndonos algunos de aquellos compañeros.

No recordamos únicamente las obras.

Recordamos cómo nos sentíamos trabajando juntos.

Y eso me enseñó algo que nunca he olvidado.

Las personas olvidan muchas cosas.

Pero nunca olvidan cómo les hiciste sentir.



La segunda empresa me enseñó que el compromiso no depende del cargo.

Durante un tiempo trabajé como mozo de almacén.

Mi función era sencilla.

Cargar.

Descargar.

Etiquetar.

Nada más.

Sin embargo, después de unos días empecé a ver decenas de pequeñas mejoras posibles.

Reorganicé el almacén.

Mejoré los embalajes.

Facilité las cargas de los transportistas.

Ordené el departamento comercial.

Pinté las escaleras de la nave.

Mejoré la iluminación de la oficina.

Nadie me lo pidió.

Simplemente sentía que, si pasaba tantas horas allí, quería dejar aquel lugar mejor de como lo había encontrado.

Aquel trabajo me enseñó algo muy importante.

Hay personas que trabajan para cumplir un horario.

Y otras que sienten la empresa como si también fuera un poco suya.

Yo siempre he intentado pertenecer al segundo grupo.

Cuando comprendí que ese compromiso no era compartido por la dirección, decidí marcharme.

Sin conflictos.

Sin reproches.

Simplemente entendí que el compromiso necesita ser correspondido.



La tercera empresa me enseñó que la ilusión une, pero la estructura mantiene unidos a los equipos.

Años después impulsé un proyecto junto a nueve personas completamente diferentes.

Todas decidieron invertir parte de sus ahorros.

Todas creyeron en una misma idea.

Aquello terminó convirtiéndose en un gran club de pádel que todavía hoy continúa funcionando.

Cometí muchos errores.

Algunos todavía tienen consecuencias.

Pero también descubrí la parte más compleja de cualquier proyecto.

La amistad.

La confianza.

La lealtad.

Y entendí que un proyecto puede sobrevivir a muchos problemas.

Lo que difícilmente sobrevive es la pérdida de confianza entre las personas.



La cuarta empresa me enseñó que la cultura puede construirse desde cero.

Más adelante inicié una startup tecnológica relacionada con Web3.

Empecé completamente solo.

En muy poco tiempo ya éramos más de ocho personas trabajando cada día.

No recuerdo únicamente la facturación.

Recuerdo el ambiente.

Las horas pasaban sin darnos cuenta.

Cada avance era celebrado por todos.

Habíamos conseguido algo muy difícil.

Que el proyecto dejara de ser mío para convertirse en nuestro.

También apareció quien terminó convirtiéndose en mi mayor oposición dentro del proyecto.

Le di toda mi confianza.

Compartí conocimientos.

Intenté ayudarle a crecer.

Las cosas no terminaron como esperaba.

Pero incluso esa experiencia terminó enseñándome algo.

Las personas adecuadas multiplican un proyecto.

Las equivocadas también lo multiplican.

Solo que en dirección contraria.

Aun así, cuando recuerdo aquella etapa, lo primero que me viene a la cabeza no es el conflicto.

Son todas las personas extraordinarias con las que tuve la suerte de compartir aquel camino.



La quinta empresa me está confirmando todo lo anterior.

Hoy dirijo una pequeña empresa de micro reformas.

Podría parecer el proyecto más sencillo de todos.

Sin embargo, probablemente sea el que más está reafirmando mi forma de entender los negocios.

Detecté una necesidad muy clara.

Barcelona necesitaba un servicio rápido, profesional y de confianza para pequeñas reparaciones.

No había descubierto un mercado nuevo.

Simplemente decidí hacer mucho mejor algo que ya existía.

En poco tiempo, con un equipo muy reducido, hemos superado los 90.000 euros de facturación en apenas seis meses.

Los números son importantes.

Pero no son lo más importante.

Lo verdaderamente valioso es comprobar que la forma de trabajar también puede convertirse en una ventaja competitiva.



Los números cuentan una parte de la historia.

Las personas cuentan la otra.

A lo largo de estos años he vivido situaciones muy diferentes.

  • Formé parte del crecimiento de una empresa familiar que pasó de tres a veinticinco trabajadores y superó los dos millones de euros de facturación anual.

  • Aprendí que incluso desde un puesto aparentemente sencillo pueden impulsarse mejoras que aumentan la eficiencia de toda una organización.

  • Participé en la creación de una empresa que pasó del capital mínimo legal a superar los 650.000 euros de capital social.

  • Construimos una startup capaz de superar los 1,1 millones de dólares de facturación durante sus primeros seis meses de actividad.

  • Y hoy sigo disfrutando ayudando a crecer una pequeña empresa que demuestra que la excelencia también puede empezar cambiando un grifo o sustituyendo una luminaria.

Los números aportan credibilidad.

Pero nunca han sido el motivo por el que trabajo.



La lección que nunca ha cambiado

Después de todas estas experiencias hay una conclusión que permanece intacta.

He trabajado en sectores completamente distintos.

Construcción.

Logística.

Deporte.

Tecnología.

Servicios.

Y cuanto más diferentes eran los negocios, más evidente se hacía una realidad.

La diferencia nunca estaba en la idea.

La diferencia estaba en las personas.

Puedes tener un negocio extraordinario y destruirlo con un mal equipo.

O puedes partir de una idea sencilla y construir algo excepcional si consigues que las personas crean en un propósito común.

Por eso, cuando alguien me pregunta cuál ha sido el mayor aprendizaje de mi vida profesional, siempre respondo lo mismo.

Las empresas cambian de sector. Las personas cambian el destino de las empresas.


 
 
 

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